Pepe Ortiz, el Orfebre Tapatío que labraba el aire

el orfebre tapatío

Semblanza del hombre que convirtió la plaza en un taller de filigranas.

A ciertos toreros se les llamó “el Tragabuches, “el Espartero”, “el Desperdicios”, nombres de fuerza y de furia. Pero a un hijo de Guadalajara le tocó el que no hablaba de bravura sino de arte: le dijeron el Orfebre Tapatío. Y quien se gana ese nombre no es un lidiador: es un artista que, en lugar de oro y plata, trabaja el peligro con las manos y su arte efímero, solo queda en la retina de quien le vio torear.

Vamos a recordar a Pepe Ortiz, el hombre que toreaba como quien cincela una joya.

Empecemos por el apodo, porque en él está contenida el alma entera de este hombre.

Un orfebre es quien labra los metales preciosos, quien trabaja el oro y la plata con paciencia infinita, con pulso delicadísimo, convirtiendo la materia dura en filigrana, en encaje, en joya. Es el oficio de la minucia, de la elegancia, de lo hecho despacio y con amor. No hay en él violencia, sino refinamiento; no hay fuerza bruta, sino exquisita precisión.

Que a un torero lo llamaran así, “el Orfebre”, lo dice todo. Significa que aquel hombre no iba a la plaza a vencer al toro a golpes de valor, sino a dibujar con él, a labrar en el aire figuras de una belleza tan pulida que parecían de joyería. Y que lo llamaran “Tapatío” añadía el orgullo de una tierra: Guadalajara entera reconociéndose en la elegancia de uno de sus hijos. Porque Pepe Ortiz era, antes que nada, un producto de esa Perla de Occidente que siempre ha presumido de su finura, de su señorío, de su gusto por lo bien hecho.

Un arte tan fino, que puso a Guadalajara en el primer plano en aquella mítica década de los años veinte. Cuando alternaba con otros artístas inmortales como Chicuelo y Belmonte.

Hijo de Guadalajara

Porque de allí venía. De Guadalajara, la ciudad de las serenatas y la cantera rosa, la tierra que ha dado al mundo tanta belleza en tantas formas. Y quizás no sea casualidad que de una ciudad tan amante de lo elegante saliera un torero cuya seña de identidad fuera, precisamente, la elegancia.

Pepe Ortiz pertenece a una época dorada, aquellos años de las primeras décadas del siglo XX en que la tauromaquia vivía uno de sus momentos de mayor esplendor artístico, y en que México producía figuras capaces de medirse, de tú a tú, con las más grandes de España. Fue el tiempo de los grandes nombres, de las rivalidades legendarias, de las tardes que la memoria guardaría para siempre. Y en ese concierto de titanes, el tapatío supo encontrar una voz propia, inconfundible: la voz de lo delicado.

El arte de la filigrana

Porque mientras otros buscaban el aplauso por la vía del arrojo —el pase más ceñido, el riesgo más extremo, el desafío más temerario—, Pepe Ortiz eligió otro camino, mucho más difícil de transitar: el de la belleza pura.

Su toreo era, dicen quienes lo vieron y quienes lo heredaron de la memoria taurina, un toreo de filigrana. Un toreo artístico, suave, templado, hecho de lentitud y de gracia. Donde otros imponían, él acariciaba; donde otros dominaban por la fuerza, él convencía por la elegancia. Manejaba el capote y la muleta con una finura que convertía cada lance en una pieza de orfebrería, en un adorno trabajado al milímetro, en una joya efímera labrada en los pocos segundos que dura un pase.

Y esa es la mayor dificultad del arte verdadero: hacer que lo dificilísimo parezca sencillo, que lo peligroso parezca un juego, que lo que puede costar la vida parezca apenas una caricia al viento. Ortiz poseía ese don. Tenía, como se dice en el lenguaje de los toros, “mucho temple” —esa capacidad de llevar al toro despacio, muy despacio, acompasando su embestida al ritmo pausado del engaño— y una plasticidad que hacía de cada una de sus faenas un espectáculo para los ojos antes que para los nervios.

Más allá del valor: la inteligencia del artista

Conviene detenerse aquí, porque hay un malentendido frecuente sobre el toreo artístico: creer que es menos valiente que el toreo de fuerza. Nada más falso.

El toreo de filigrana, el de Pepe Ortiz, exige en realidad un valor más sereno y más hondo que el del arrojo impulsivo. Porque torear despacio, con elegancia, con el toro rozando el cuerpo en cámara lenta, requiere una sangre fría absoluta, un dominio total de los nervios, una confianza serena en el propio arte. Es fácil ser valiente en un arranque de adrenalina; es dificilísimo serlo en la quietud, en la lentitud, en el temple que no se permite ni un temblor.

El Orfebre Tapatío tenía esa clase de valor: el del artista que, en medio del peligro, conserva la calma suficiente para crear belleza. No la valentía del que se juega la vida a lo loco, sino la del que la pone en riesgo con la serenidad de quien sabe exactamente lo que hace. Y esa combinación —peligro extremo y calma absoluta— es, quizás, la definición más alta del arte taurino.

Una joya efímera

Y aquí está lo conmovedor, lo profundamente poético de un oficio como el suyo. Porque el orfebre de metales labra joyas que permanecen: el anillo, el cáliz, la filigrana de plata sobreviven siglos a las manos que los hicieron.

Pero el Orfebre Tapatío labraba joyas de aire. Sus obras maestras duraban lo que dura un pase, lo que tarda el capote en dibujar su curva, lo que vive un instante antes de deshacerse para siempre. No quedaba nada material de aquella belleza: solo el asombro en los ojos de quienes la vieron, solo el rugido del público, solo la memoria que después, de boca en boca, intentaría en vano describir lo indescriptible.

Qué oficio tan hermoso y tan trágico el del torero artista. Crear lo más bello y saber que se desvanecerá en el mismo instante en que nace. Labrar joyas que nadie podrá guardar en un cofre, que vivirán solo en el recuerdo, cada vez más borrosas conforme mueren quienes las presenciaron. El Orfebre Tapatío fue, en ese sentido, un escultor del instante, un artista de lo efímero, un hombre que apostó su talento a la materia más frágil de todas: el tiempo que no vuelve.

La herencia de la elegancia

Lo que Pepe Ortiz dejó no fue una obra que se pueda colgar en un museo, pero sí algo igual de valioso: una manera de entender el arte. Dejó la prueba de que se puede triunfar por la vía de la belleza y no solo por la del riesgo. Dejó un estilo, una escuela, una forma tapatía de concebir la elegancia que inspiró a quienes vinieron después.

Y dejó, sobre todo, un nombre que ya es parte del patrimonio cultural de Guadalajara: el recuerdo de uno de sus hijos que llevó por el mundo el sello de su tierra, esa mezcla de finura, señorío y buen gusto que los tapatíos reconocen como suya. En la historia de la ciudad, junto a sus músicos, sus arquitectos y sus artistas, tiene también su lugar aquel hombre que convirtió la plaza en un taller de orfebrería.