¿La Gentrificación está invadiendo la mesa?

Garbanzos, tahini, limón, aceite de oliva

Crónica de unos huevos rancheros. Cuando la gentrificación invade la mesa de los comensales.

—Hummus de entrante señor.

—¿Y qué lleva?

—Garbanzos, tahini, limón, aceite de oliva…

—¿Y el chorizo?

—No trabajamos con ese tipo de producto.

—¿Y la morcilla?

—Tenemos una propuesta vegetal de temporada.

—¡PUES TRÁEME EL VINO, QUE TODAVÍA ESTOY A TIEMPO DE SALVAR LA COMIDA!

No estoy en contra del hummus, ni mucho menos de los garbanzos. ¿Pero qué pasa cuando te cobran por la explicación de la comida más que por la comida? No somos franceses. No necesitamos de literatura absurda para ser elegantes. Además dicho sea de paso y que quede como nota del autor; no hay mejor cosa que lentejas y un vino peleón.

En cierta ocasión no muy lejos de aquí recibí la siguiente recomendación.

—Tenemos espejo de oeuf sobre crêpe de maíz, en festival de tomates de la huerta a las finas hierbas.

—Menos mal que lleva epazote.—Me dije entre dientes.

Un pensamiento sobre la gentrificación

Está muy bien ser educados y elegantes, yo me apunto. Sobre todo a lo primero. El problema que quizás no estamos advirtiendo que todo esto de la gentrificación, puede dejar no cicatrices, sino heridas muy profundas que no podamos curar.

El que ciertas zonas en las ciudades del mundo, desde Hong Kong hasta la misma Guadalajara, estén viviendo un proceso de gentrificación acelerado, no se limita a los alquileres caros. Con estos, viene todo un tsunami detrás.

No voy a entrar en que no usemos palabras extrañas o barbarismos. No soy tan cursi.

El problema lo veo en una división en muchos casos invisible que todo esto acarrea. Una división en las ciudades como si tuvieramos el Cañón del Colorado en la Calzada Independencia. Todo fuera como eso, pero esa misma división se da entre las familias, incluso en el núcleo familiar. ¿A dónde puede llevar todo esto?

Se trata de una cultura que empieza a vender sus propios códigos de distinción: ya no basta con comer bien; hay que saber nombrar lo que uno come, pronunciarlo correctamente y, a ser posible, demostrar que pertenece a un mundo al que los demás no han sido invitados.


El problema empieza cuando la elegancia deja de ser una posibilidad y se convierte en una frontera.

Extramuros

Conocí a una mujer que tenía amigos en común conmigo. Más bien, supe de su existencia, pero me llamaba la atención que estos fueran de diferentes ciudades. El mundo es muy pequeño, pensé.

Ella era atractiva y representaba marcas de ropa italiana. Resultaba pues, muy del interés de según quien.

Como todo en la vida, tiene su altas y sus bajas. Sus vacas gordas y sus vacas flacas. Una de estas vacas flacas apareció cerca del final de su vida. ¿Será que finalmente se impuso la moda de las camisetas? Tal vez, pero no es eso lo que importa.

Lo que importa es que una vez se quedó sin dinero, se quedó sin glamour. Sin darse cuenta cuando… ya estaba al otro lado de la frontera. Ahí la habían puesto.

Escuché cuando le preguntaron a su gran amiga, con quien tantos viajes realizaron juntas.

—¿Y no vas a ir al entierro a México?

—¡Ay no! ¿cómo crees?